La temperatura de color de la luz artificial —medida en kelvin— es una de las decisiones de diseño con más impacto y, a la vez, una de las más ignoradas en las reformas domésticas. Una misma habitación puede sentirse acogedora o clínica dependiendo únicamente de este factor.
Para las zonas de descanso, como dormitorios y salones, solemos recomendar temperaturas cálidas, entre 2.700 y 3.000 kelvin, que reproducen la calidez de la luz incandescente tradicional y favorecen la relajación al final del día.
En cocinas y zonas de trabajo, en cambio, una temperatura ligeramente más neutra, en torno a los 3.500 kelvin, ayuda a mantener la claridad necesaria para tareas como cocinar sin perder la calidez general del hogar.
Más allá de la temperatura, trabajamos siempre la luz por capas: una iluminación general, una funcional y una de ambiente, controladas de forma independiente. Esta estratificación es la que realmente permite que un mismo espacio funcione de mañana y de noche.
“La luz artificial cambia por completo la percepción de un espacio. Estas son las claves que seguimos para elegir la temperatura de color adecuada en cada estancia.”
